DESDE LECHERÍA.- No hay que ir muy lejos para constatarlo. Por ahí andan los familiares de las víctimas de la inseguridad clamando por justicia, porque no se está castigando a los asaltantes, atracadores, ni a los asesinos, pero la justicia que piden es la del cielo, porque con la de aquí no se puede contar, por lo menos eso es lo que sienten después de un penoso peregrinar por las policías, fiscalías y tribunales, donde no consiguen ni agua.
Y lo dicen con mucha razón porque la impunidad es exageradamente notoria, y así lo confirman datos de la Fiscalía General de la República, al informar que “De 302.269 delitos denunciados, solamente en 8.000 casos hubo imputaciones. Eso significa que hay impunidad, falta de castigo, en 97 de los delitos cometidos”. Lo cual constituye, sin lugar a dudas, un estímulo para que el hampa siga haciendo de las suyas.
Pero la gran queja nacional está dirigida hacia las distintas policías y guardias nacionales, por ser los organismos del Gobierno que deberían velar por la seguridad de las personas y sus bienes. Comenzando porque ninguno de los operativos ha logrado mermar la gran matazón de venezolanos, especialmente los fines de semana, que seguramente es cuando más se consume licor y drogas; lo que nos dice a las claras que el decomiso de armas y estupefacientes es casi nulo. Según cifras de Amnistía Internacional: “Se estima que existen cerca de 4.500.000 de armas ilegales dispersas en Venezuela”. Y debe ser verdad porque a los delincuentes nunca les falta la suya, que es lo que los envalentona para cometer sus fechorías, a plomo limpio, a cualquier hora del día, lo cual explica también que las autoridades no tienen ningún control sobre el tráfico y porte de armas, con el agravante de que, a veces, muchos de ellos forman parte de las bandas armadas delictivas y, para colmo de males, resultan positivos cuando les practican pruebas antidoping.
Resulta, pues, profundamente lastimosa la situación de los familiares que no encuentran la justicia, sorda y perdida, pero si a ver vamos, es sólo una parte del dolor general que siente la población venezolana con la pérdida diaria de su capital humano: el 64% de esos muertos son jóvenes, entre 15 y 24 años, a lo que habría que agregar, más o menos, la misma proporción de los que se encuentran tras las rejas, en condición de victimarios. Muchachos en la flor de su juventud, enterrados en los cementerios o encerrados en prisión, dando la impresión de ser “vidas perdidas”, que no son útiles ni siquiera para ellos mismos, lo que constituye una vergonzosa tragedia nacional, porque con ellos se están perdiendo buena parte del futuro del país. Pero es que tampoco se están tomando medidas para disminuir el desempleo, ni se están abriendo campos para competencias deportivas, ni se están estimulando espacios culturales suficientes, que permitan desactivar la ociosidad de esos jóvenes, que deberían transformar sus energías en obras productivas y útiles.
La justicia anda perdida en un laberinto tortuoso de papeles y expedientes. Está como desaparecida del mundo de los mortales… ¡Perro!
Félix Arana
Escrito por eltiempo
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