Anatomía de la dominación

DESDE CARACAS.- El filósofo español José Antonio Marina lo plantea en términos muy claros: “La historia es una sucesión de figuras de poder y sumisión, y la clave estriba en quien lleva la voz cantante. Nos movemos entre dos extremos. En la tiranía, el poder troquela las figuras de obediencia, define al súbdito. En las democracias, el ciudadano debe troquelar las figuras del poder” (La pasión del poder. Anagrama. Barcelona.2008).

El poder político no admite que de buenas a primeras los ciudadanos dicten o sugieran las directrices de la agenda pública. El reflejo natural del poderoso le sugiere echar mano de los mecanismos directos de represión e intimidación; pero termina disuadido, debido a la ubicuidad e inmediatez de los medios de comunicación. Asume, así, la existencia del contrapoder mediático: la opinión pública es el gran teatro del mundo. Es una circunstancia que informa del carácter teatral del poder. En su afán de preservar las formas del poder legítimamente constituido, el poderoso prefiere explotar el arsenal de mecanismos simbólicos de dominación. La efectiva gerencia del poder requiere no sólo la posibilidad de hacer lo que se quiere, sino también la capacidad de impedir que los otros hagan lo que deseen. Para ello se torna fundamental la administración exitosa de los sistemas de premios y castigos.

El adoctrinamiento pasa a ser la piedra angular para la construcción de una cultura de la sumisión. El objetivo es que el subordinado termine colaborando con el régimen que lo vampiriza. Marina expone los procedimientos de «lavado cerebral» empleados por el gobierno comunista chino: El aislamiento. El adoctrinamiento se realizaba en algún campamento o lugar especial, en el que los educandos quedaban prácticamente desvinculados de sus familias y amistades anteriores.

La fatiga. Los participantes eran sometidos a un programa de trabajo intenso, que les producía un permanente cansancio físico y mental. La incertidumbre. Los alumnos que se mostraban renuentes a participar en las actividades de manera comprometida desaparecían de la noche a la mañana, dando lugar a una ola de rumores que acrecentaban el clima de miedo. El lenguaje. Los alumnos tenían que expresarse obligatoriamente en una terminología distinta de la de su mundo anterior. La seriedad. El humor estaba prohibido. Más adelante, el académico agrega que la sumisión se hace máxima cuando el poder adquiere una dimensión mítica: “Todo gobernante sabe que si un pueblo siente miedo está dispuesto a aceptar propuestas que en circunstancias normales no aceptaría. Por ejemplo, la creencia en un salvador. Por esa razón, fomentar un sentimiento de miedo —a través de la propaganda— es una forma sencilla de preparar al sujeto para el adoctrinamiento”.

Los autores clásicos de la literatura militar también formularon valiosos aportes: reducir los recursos del adversario, forzar las decisiones, sacar al rival de su terreno natural de lucha, cortar las fuentes de suministros y aprovisionamiento, falsificar la información básica y ejercer presión psicológica. Finalmente, los regímenes autoritarios del siglo veinte pusieron en práctica sus propias medidas: criminalización del adversario, elaboración de informes de inteligencia, establecimiento de premios y castigos tributarios, cambio de las reglas del juego mediante reformas legislativas, fijación de controles para la actividad económica, retiro de publicidad oficial, asignación caprichosa de concesiones y contratos públicos, campañas de difamación pública, inicio de juicios penales y extorsiones con grabaciones ilegales.

Rafael Jiménez Moreno

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