El sombrero de Zelaya

DESDE LECHERÍA.- Desde que lo tumbaron de la cama y se lo llevaron para Costa Rica, sin permitirle ponerse el pantalón y el sombrero, Zelaya perdió la presidencia, el sombrero y la buena suerte. Ahora anda con otro sombrero, que no se lo quita ni para ir al baño. Ha caminado medio mundo y lo único que ha conseguido es que lo manden, muy diplomáticamente, a que vaya a ver si el gallo puso, lo cual ha originado un insistente murmullo de que debe existir alguna relación entre el otro sombrero y la presidencia, algo así como un talismán o un amuleto, porque es que nadie entiende para qué el Presidente de un país, que no es de llaneros ni de ganaderos, necesita andar con un sombrero vaquero, metido hasta las orejas, si su trabajo lo realiza sin sol, en la sombra y con aire acondicionado. También hay que considerar que ese problema de que lo repongan en la presidencia, aunque sea por unos días, no es cualquier concha de ajo, y por más que haya caminado por todos los países amigos, por la ONU, por la OEA y por el Departamento de Estado, lo único que ha conseguido es gastarle la suela a los zapatos y por esos huecos, posiblemente, es que se le han metido las piedras y las contrariedades que no logra dominar. Pero el tipo, como si nada, sigue creyendo en pajaritos preñados y por eso ha tenido que conformarse con vivir en una embajada, a pocas cuadras del edificio de gobierno, sólo para suspirar, soñar y tragar saliva. No se rinde y sigue como el sapo, dándole cabezazos a la pared, tratando de convencer al duro de Micheletti para que le devuelva el coroto, y así pueda el régimen volver a la legalidad, como si se lo hubieran quitado ilegalmente, olvidando además que fue él quien provocó la situación y ahora está pagando las consecuencias, aunque alegue que están pisoteando la soberanía del pueblo que lo eligió y que su único interés es castigar a los militares goriletis, para que se dejen de estar dando golpes de Estado, a las dos de la madrugada, sin permitirle al caído que se ponga los pantalones y el sombrero, porque lo cortés no quita lo valiente. Pero no son esas minucias las que le quitan el sueño. A él lo que le saca la piedra es que le hayan quitado el poder, o sea, ese don divino de disponer del destino de las personas y sus propiedades. Esa autoridad sagrada de imponerle al pueblo la forma y manera de pensar y opinar; esa satisfacción incomparable de ver a todo el mundo entrando por el mismo aro y, sobre todo, el delicioso gusto de ponerle la pata en el pescuezo a quien se le ocurra contrariarlo. Son maldades que le pasan por la cabeza y presiente que el diablo anda rondando, pero él no quiere ser un tirano ni quiere poder para hacer lo que le dé la gana. La experiencia adquirida es muy dolorosa y, aunque está como caucho espichado, sin aire y fuera de acción, prefiere pensar que no es Dios ni es el diablo; pero sigue muy confundido, Chávez ya lo tiró al olvido/ Micheletti lo tiene fuñido/ y el que le tiene el sombrero escondido/ debe ser un gorileti enfurecido.

FÉLIX ARANA

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