La adulancia como vicio y efecto

DESDE PUERTO LA CRUZ.- Se pierde la capacidad de asombro con la abundante adulancia de la que hacen gala los seguidores de la revolución y de su líder. Ya no distinguen entre bienes propios, privados o del Estado para prodigar loas y lisonjas a Esteban de Jesús y a su proyecto expansionista; no le paran al lugar donde se encuentren, ni el momento en que deciden adular como nunca.

Ya el Teresa Carreño lo han convertido en el santuario del jalabolismo oficial; pero puede ser una plaza, o los medios de comunicación que hoy tiene.

Los mismos que insurgieron contra el gobierno de 1992, supuestamente para superar la corrupción, la falla en los servicios públicos, y con una carga de nacionalismo-bolivariano a rabiar, hoy no hallan qué hacer para justificar tanta ineficiencia para resolver los problemas que aquejan a Venezuela; por el contrario, se han visto, incrementado por la chapuza oficial, al punto que el Jefe Supremo les ha dicho: “no tengan miedo a equivocarse, estamos ensayando”.

Los degenerados, carentes de honor y con devota sumisión, no hacen otra cosa que celebrar las ocurrencias y aplaudir hasta hacerse daño en las manos.

La adulancia no es nueva; de ella han disfrutado muchos dictadores: Los hermanos Monagas, Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. De modo que todos los que han jefaturado regímenes de ignominia han tenido reptiles de la política dispuestos a lamer suelas; bichitos rojos rojitos (en algunos casos con pasado verde verdecito) imbéciles que no desperdician ocasión para jalar.

Jalar es término admitido por el Diccionario de la Real Academia Española (Drae) como sinónimo coloquial de halar.

Nosotros lo usamos con sentido peyorativo para señalar a los adulantes a quienes llamamos jalabolas. La adulancia ha existido en toda la historia de la humanidad siempre asociada a lo perverso.

Como señala Rafael Marrón González (Correo del Caroní, septiembre 2008): El Drae que no registra adulante, lo define como “halagar a alguien servilmente para ganar su voluntad”. Pero el pueblo le aplica al adulador una amplia gama de calificativos que conforman un género aparte del lenguaje coloquial, que había recogido el Drae anterior: Chupamedias, jalamecate, rastrero, lamesuelas, y el confianzudo jaleti, son algunos, pero en Venezuela preferimos jalabolas, que hasta “granja” tienen. La Granja Ladera.

Cuentan que un tal Vidaurre, intendente de Lima, se postraba en cuatro patas para que Bolívar pudiera subirse al alazán árabe que le habían obsequiado. Cuando José Tadeo Monagas preguntaba la hora, tenía cerca un adulante que le respondía: “La que usted quiera que sea mi general”. Un ministro al que Guzmán Blanco despidió a insultos en público, respondió: “Hasta en lo malcriado te pareces al Libertador”. Guzmán, al que le gustaba que lo compararan con Bolívar, lo perdonó. Otro le dijo a Cipriano Castro: “Mi general, los hombres de verdad se miden de las cejas hacia arriba”. Y como el “mono lúbrico” tenía la frente empatada con las espaldas, se sintió en las nubes. De las jaladas al Comandante no hablaré, pero sí de un corregidor de Anzoátegui, cuyas loas enaltecen al gobernador – poeta; las mismas parecen estar dirigidas a lograr favores; se ve claramente el afán de reconocimiento; es denigrante ese arrebato enloquecido por demostrar quién es capaz de degradarse más.

Un insulto a quienes acreditaron su confianza en ese funcionario, cuya vergonzosa conducta de rastrera adulación lo hace acreedor de un premio, que habrá de denominarse en consulta al soberano “mesmo” que lo eligió.

Para ser jalabolas hay que ser corrupto o mediocre o en caso extremo, ambas cosas.

JESÚS PEÑALVER

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