Hegemonía sin hache (I)

DESDE CUMANÁ.- Toda ideología totalitaria (perdonen la redundancia que, entre nosotros, Ludovico Silva desnudó) se pretende dueña de la Verdad. Sus acólitos juran que la Declaración Universal incluye el derecho tuerto de imponerla como hegemonía cultural.

Tal pretensión ‘aberra’, pues, una necesidad, por lo que, fetalmente, quien pretende marcar con su yerro a la sociedad es fatalmente un totalitario. Así, Chávez y su Socialismo SXXI para el que manos maestras en mala intención le deletrean (y mal) a un bastante desconocido Gramsci.

Recordemos por un momento la España que desembarca en Guanahaní y en Paria, cuando ha terminado de parirse a sí misma y tiene que agrandar su imperio. No más al abrir los ojos, por ideología se mira totalizante. Las carabelas se llenan de cruces y de hambrientos diciéndole adiós al terruño.

El Reino prioriza la imposición –a cruz y arcabuz– del credo religioso. Dará esa necesidad oro y poder al Imperio en cuya extensión jamás el sol se pondrá. Pero la misma ampliación de sus líneas agrandará los factores reductores que lo llevarían a hundirse en el XIX y más pobre a mediados del XX en que la Madre España de nuestros amores lorquianos y vallejianos cante con quejidos de Juanito Valderrama otro adiós: “Me voy mi España querida…”.

Vengamos más cerca. Allá por los treinta –y hasta los setenta del siglo XX– se opone a la llamada cultura burguesa la proletaria, conformando un orbe maniqueo que hasta el final de la primera gran guerra fría mundial, con el implosivo derrumbe del Muro de Berlín, ofreció dos polos, el capitalista y el comunista, ambos totalitarios en tanto pretendía imponer, cada uno, su Verdad y su aborto, un tipo universal de cultura.

A comienzos de ese lapso, decía Vallejo, “se ha manejado con tal hartura y con tanto ensañamiento la palabra “cultura” (…) y la palabra “culto” (…), que ya pocos atinan a dar con el contenido de estos vocablos”. Y si no es Humberto Eco quien despeje el caos cuando en 1968 nos apocalipse en los integrados o nos integre en los apocalípticos, menos puede esperarse del Gramsci de los 30, y, como veremos, no sólo por aún estrechado en sus límites provincianos.

En todo caso, su afinamiento comunista del concepto leninista de ‘hegemonía’ se distorsiona más al caer en la mira tuerta del gran planificador actual que lo trasmite al embotado Supremo y al ser aplicado por el hojillero ministro Soto, supremo árbitro de lo que es “pernicioso”, pues lo aprendió viéndose a diario en el espejo.

“Hegemonía”, sin “h”, con la grafía ítala gramsciana, está sirviendo para imponernos, en especial en lo educativo y lo cultural, una cosa asquerosa. Así en las escuelas y en las universidades, en la plástica y en el teatro, en las empresas urbanas y rurales, en los organismos públicos y con vaselina en cada sitio donde habitamos. El que no se una es guate perro (excepto en Cumaná).

sortadi@cantv.net

Silvio Orta Cabrera

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