En su propia salsa

DESDE CARACAS.- Puede recordarse que durante varios años la oposición tuvo como política los llamados a la reconciliación.

Nadie sabe exactamente cuándo se decidió ni dónde. Pero fue, durante mucho tiempo, el centro de los discursos.

Se buscaba, se supone, despolarizar y reafirmar una estrategia de participación electoral en contraposición a la insurgencia, que para ese entonces contaba con ciertas condiciones, como las movilizaciones de verdaderas multitudes, efervescencia de calle y serio malestar en los cuarteles.

Ha pasado el tiempo, y ya nadie habla de reconciliación ¿Fue un simple slogan en el que nadie creía? Quizás nunca lo sepamos. Sin embargo la despolarización sigue siendo considerada por los partidos políticos como una de sus líneas maestras.

Al menos en el plano teórico, aunque cuando se va a la práctica se ha ido esfumando junto con el slogan de reconciliación, puesto que los movimientos que se hacen en nada ayudan a crear un cuadro político menos polarizado.
No es una auténtica orientación estratégica, sino un saludo a la bandera.

Los ejemplos sobran. Tomemos el caso de las bases militares de Estados Unidos en Colombia.
De una parte, el apoyo ciego de los medios a la política de Washington, sin tener en cuenta el interés nacional.
Y del otro lado, una reacción del gobierno marcada por la frase de los vientos de guerra.

Pero, ¿qué les costaba a los partidos ubicarse fuera de estos dos extremos? Si no le conviene a Venezuela que Estados Unidos instale siete bases en Colombia, hay que decirlo.

Luego se puede criticar la forma en que se ha manejado el problema. Pero estableciendo, de inicio, un piso común con el pueblo chavista, y con el pueblo en general.
En lugar de esto, se jugó a la polarización, y además desde el extremo equivocado. ¿Quién tiene las de ganar?

Lo mismo ocurrió con la Ley de Educación. La Asamblea aprobó un proyecto que tenía sus puntos buenos y sus puntos malos.

Pero la oposición en lugar de criticar los puntos malos, construyó un discurso según el cual la ley era “comunista”, “totalitaria” y “atea”.

Se escaló la apuesta y se deformó la realidad, lo que obviamente generaba polarización, y no dejaba en el medio ningún punto de encuentro con el pueblo chavista, que, como es natural, no tiene por qué aterrorizarse si la educación es laica o si los vecinos participan en la vida de las escuelas.

Cuando hay polarización los seguidores del presidente juegan a cuadro cerrado.

Pero cuando la oposición defiende causas justas, como la lucha contra la inseguridad, se le escucha más allá de sus propias filas.

¿O el plan es cocinarse en su propia salsa?

elepuchi@gmail.com

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