La masa no está pa bollos

DESDE LECHERÍA.- Se los voy a contar tal como me lo contaron, sin quitarle ni ponerle, porque resulta y pasa que 12 mujeres, cuyos maridos están encerrados en un penal, se propusieron hacerles una fiestecita para celebrar Año Nuevo. Consiguieron el permiso, con fecha, horario y local, luego se fueron al comercio en busca de ayuda, como bebidas sin alcohol: maltas, jugos y refrescos, así como también algo que masticar: Galletas, tequeños, pan de jamón y otros bocadillos abundantes y crujientes.

Los comerciantes, maliciosos e incrédulos, se mostraron sorprendidos y reacios, pero ante la súplica de las señoras, se rindieron 12, los más sentimentales, ofreciéndoles colaborar dentro de 12 horas porque los agarraron de sorpresa, aunque en realidad querían aprovechar la oportunidad para tomar venganza por los cuantiosos robos de los cuales habían sido víctimas.

Es decir, querían aplicarles el “diente por diente”. Así que a las bebidas les sacaron una tercera parte de cada envase y las reemplazaron por añejo del bravo, del que se sube a la cabeza con dos tragos, espanta el buen juicio, atolondra los sentidos, excita la imaginación y envalentona a los cobardes.

A las12 de la noche, junto con el tronar de los cohetes y de sus alegres chispazos multicolores, se presentaron las 12 señoras, muy bien ataviadas, estrenando lujosos vestidos, rebosantes de alegría y listas para entrarle a la pachanga. Entonces se prendió el bailoteo, con una bulla de gritos, aplausos, vivas y abrazos de ¡Feliz Año!, la cual fue interrumpida con la ceremonia de comerse las 12 uvas del tiempo, pidiendo un deseo con cada una de ellas, pero todos a la vez y con 12 gritos ensordecedores, lo que rogaron al cielo fue: ¡Libertad, libertad, libertad!

Y la fiesta continuó: Bebiendo, comiendo, bailando, hablando y riendo, pues sentían la necesidad de aprovechar al máximo esa única oportunidad, aunque manteniendo la vaga esperanza de un milagro del buen Dios, para que les concediera sus deseos, tanto de salir de aquella prisión, como la de andar por las calles sin que nadie te vigile, respirar otros aires, aunque sea con humo de carros, beber agua fresca, comer su propia comida, hacer el diario trabajo para ganarse un dinero limpio e irlo a gastar y disfrutar con la mujer y los muchachos, en los ratos libres de la semana.

Las 12 mujeres se sentían tan complacidas que terminaron embriagadas. Se les subió el ron a la cabeza y cuando les bajó por las piernas no pudieron sostenerse en pie y cayeron tendidas al suelo, con movimientos convulsivos fuera de control. Los hombres, igual de borrachos, reían como imbéciles atontados y aprovechaban para acariciarlas deliciosamente con mimos y muchos besos, hasta el amanecer de aquel estupendo día, cuando las 12 parejas despertaron en la calle. El milagro se dio, pero con la duda de si fue por un indulto de los comerciantes o que los botaron por escandalosos.

Nunca se sabrá, porque la Navidad se inventó para soñar cosas bonitas…este cuento pudo haber sido mucho mejor, pero lamentablemente la masa no está pabollos. Otro día será.

Félix Arana

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