El prisionero

DESDE LECHERÍA.- Con la devaluación, el presidente Hugo Chávez está intentando escapar de una fortificada prisión, la peor de todas las prisiones, la que él ha construido y con el peor de los carceleros: Él. La devaluación fue la cizalla que rompió los barrotes de la celda en que se encontraba. Él es prisionero del desastre económico “socialista” y de las ideas muertas que le acompañan. Las cuentas no daban para subir las encuestas y lograr los votos para las elecciones parlamentarias de septiembre. Ahora sí tiene recursos frescos para seguir repartiendo dinero y comprando votos irresponsablemente. El presidente Chávez dijo que había devaluado el bolívar con el objetivo de reactivar las fuerzas productivas nacionales, incentivar la exportación y reducir las importaciones hasta 40%. Muy buen propósito. Eso sería lo ideal. Pero cuando el jefe de gobierno no está alineado con ese objetivo, lo que hace es sabotearlo y hacerlo irrealizable.

¿A cuál fuerza productiva van a reactivar con la devaluación? ¿La que está en manos del gobierno? Todas las empresas del estado (a excepción de Pdvsa y Cantv-Movilnet) están dando pérdidas, son pésimamente administradas y con productividades en cero y las corruptelas son aterradoras.

Las empresas de Guayana (la otrora alternativa no petrolera de Venezuela, y las que están más preparadas para la exportación) están al borde del cierre. Las quebraron. Pdvsa tiene una enorme crisis de productividad (ya ni tienen gas para abastecer al mercado nacional). Y lo que faltaba: El gobierno ordenó reducir las horas de trabajo por falta de electricidad, en un país que se ufana de ser la mayor potencia energética del planeta. Al gobierno sólo le queda el sector privado. Pero este está casi paralizado, sin nuevas inversiones de crecimiento, sólo se limitan a las inversiones operativas, aguardando las posibilidades de un cambio verdadero de políticas… o de gobierno. El bolívar sobrevaluado era una de las razones menores que explicaban la crisis del sector privado en Venezuela. Las razones de mayor peso apuntan a la falta de reglas claras, al comportamiento arbitrario del gobierno, a la falta de poderes públicos autónomos y confiables, y a que todas las decisiones del país pasan por el tamiz de Hugo Chávez, quien además odia a muerte al sector privado. En fin, nadie –ni siquiera los empresarios chavistas- tiene ni tendrá confianza para seguir invirtiendo en Venezuela.

Y aquí viene lo peor: al no existir una recuperación acelerada del aparato productivo nacional, lo que vendrá es escasez, alta inflación y muchas protestas laborales. El gobierno decretará aumentos salariales el primero de mayo para el sector público, pero dos tercios de los venezolanos dependen de la economía informal y del sector privado. Para ellos no habrá aumentos sino pobreza acelerada. Hoy, Hugo Chávez escapó de una celda apelando a la devaluación. Pero ahora pasa a otra celda: La de la inflación. Y para salir de ésta, utilizará otra cizalla: el aumento de la gasolina, lo cual lo conducirá a otras celdas y a la última cizalla: Tragarse todas las reservas internacionales. Dejará al país en la carraplana, y seguirá siendo un prisionero eterno.

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