Descontrol de cambios

DESDE PUERTO LA CRUZ.- Como a muchos venezolanos, a mí también me tocó enfrentarme a los nuevos precios del dólar impuestos por el gobierno. Ya me estaba acostumbrando al 2,15 y ahora resulta que tengo que manejarme entre las bandas del dólar a 2,60 y la del dólar a 4,30.

Por esas cosas del “deja vu”, cuando anunciaron el cambio a 4,30, inmediatamente me transporté a los tiempos aquellos en los que realmente si había un cambio de Bs. 4,30 por dólar y podíamos comprar artículos importados a precios más que razonables.

Pero tuve que dejar los sueños a un lado y me dispuse a echar cuentas como todo venezolano precavido y curado de espantos en este gobierno, para más o menos calcular el impacto de la medida en mi bolsillo. No había terminado de hacer los números, cuando salí disparado a la tienda de electrodomésticos más cercana al darme cuenta que ya para finales de esta semana, la devaluación se ensañaría contra mi salario, alejándome cada vez más de poder ejercer con propiedad todos mis afanes consumistas.

Vea usted entonces que al llegar, he tenido que calarme la cola más larga de mi vida, pues otros compatriotas, tan precavidos como yo, se dieron a la tarea de invertir sus ya devaluados bolívares en decadentes y capitalistas artículos de consumo. Así sería el barullo, que los encargados de la tienda, más que encargados, parecían los custodios de una central nuclear, porque se inventaron las mil maneras para imponer el orden ante la multitud desatada.

Repentinamente, me vi empotrado en medio de un barullo de personas enloquecidas que pugnaban por agarrar duro su electrodoméstico, buscar la cartera y guardar el puesto en la cola, todo al mismo tiempo, mientras el establecimiento se iba llenando cada vez más de gente, a pesar de los esfuerzos de los vendedores por no dejarlos entrar. Paradojas de la vida, que sea un vendedor el que trate de impedir la entrada a un cliente para no concretar la venta.

Aun cuando logré ingresar a la tienda, el panorama adentro era simplemente desolador. Veía personas que tomaban de una vez dos o tres televisores, y en la mejor tradición del Cirque du Soleil, los llevaban en equilibrio hasta la caja registradora, cargando además con la mujer, con los hijos y hasta el perro de la casa.

A mí también me tocó soportar los estrujones, empujones, agarrones y los intentos por arrebatarme mis corotos, por parte de clientes descontrolados que al no encontrar nada en los anaqueles, se dedicaban a asaltar descaradamente a los que estábamos en la cola para pagar. Como pude, me libré de dos viejitas histéricas y un señor fuera de sí, quienes intentaron arrebatarme la compra de las manos, apuntándome con sus tarjetas de crédito o amenazándome con la chequera toda espelucada.

Cuando pude, salí, apresuré el paso lo más que pude, mientras dejaba detrás de mí a una horda de enfurecidos clientes que por un lado trataban de salir, por otra parte intentaban entrar, y que no terminaban de entender que era hora de cerrar la tienda.

sinalucinacionespersonales@gmail.com

Jesús Millán

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