Vocación y empeño formador son palabras que definen la labor del maestro

PUERTO LA CRUZ / ANZOÁTEGUI.- “Mi profesión, más que una forma de ganar dinero y subsistir en la sociedad, la defino como una vocación. Si no fuese así, mis alumnos no recibirían ni la mitad de lo que les entrego cada día. De hecho, procuro que el personal que me rodea sienta lo mismo. Me encanta tener la posibilidad de ayudar a moldear ciudadanos útiles, capaces de romper barreras y vencer obstáculos”.

Notablemente emocionada, Mariela Murillo, directora de la fundación Centro Integral de Apoyo y Mejoramiento Infantil (Ciami), recuerda que se licenció en el área de Educación Especial (en las menciones Retardo Mental y Dificultades de Aprendizaje) precisamente para convertirse en una de esas voces que les dicen a la gente “Tú tiene posibilidades de crecer. Siempre y cuando seas ayudado y querido”, acotó.

“No es una labor sencilla, cada alumno posee una necesidad distinta, ya sea física o intelectual, lo que representa un reto para mí. Sin desmeritar a los colegas educadores integrales te puedo decir que nuestro trato en el aula resulta más estrecho que en los recintos regulares pues las condiciones de vida de mis pupilos así lo ameritan”.

Variada sinergia
Con 18 años de experiencia Anyela Speranza, directora del Instituto de Educación Especial de Barcelona, resume su día a día en una conjunción de responsabilidad, mística, vocación y paciencia.

“Sobre todo paciencia, hay que recordar que los jóvenes especiales no responden al mismo ritmo que el resto de los chicos de su edad”.

Uno de los retos a los que le imprime mayor empeño es en la necesidad de integrar a familiares y comunidad en la educación de los ciudadanos con condiciones especiales. Esto con la finalidad de hacerlos partícipes de la realidad que afrontan nuestros alumnos. Contamos con 103 estudiantes (desde educación inicial hasta sexto grado). Este es un trabajo de hormiga que te llena en todas sus facetas”, señaló.

“Uno de los grandes sueños de los educadores especiales es ver cómo nuestros muchachos no sólo aprenden cosas básicas y se desarrollan como ciudadanos, sino que además puedan insertarse en la comunidad, tanto en sus posibles puestos de trabajo, como en sus círculos familiares”.

Yelitza Romero, docente del instituto de educación especial Simón Rodríguez de Puerto La Cruz, añadió a esta conversación la palabra sensibilidad.

“Nosotros debemos estar más cerca de nuestros pupilos. Los maestros integrales tienen una suerte de miedo a acercarse a sus alumnos, nosotros más bien estamos casi al pendiente de lo que hacen a cada instante”.

Cinco años de experiencia en estas lides le han permitido entender que la educación especial es un trabajo conjunto que debe ser llevado adelante tanto por docentes en los salones, como por representantes en los hogares.

“Esa es la clave de nuestro trabajo: prestarle el apoyo a los estudiantes y a sus familiares más cercanos. Nuestros conocimientos nos permiten enseñarles herramientas académicas o laborales a nuestros alumnos y además capacitarlos para afrontar ciertas situaciones físicas o anímicas en casa. Realmente es un apostolado integral, que disfruto y vivo”, relató.

Murillo, Romero y Speranza, coincidieron en que su trabajo, esfuerzo, paciencia, vocación y actualización constante, no sirven de mucho si sus pupilos no cuentan en casa con el apoyo, cariño y cuidados que complementan la educación que reciben en sus respectivos institutos educativos.

“Los maestros somos facilitadores y formadores. Con nuestro conocimiento orientamos a los muchachos y muchachas, pero es en casa donde estas enseñanzas se graban y se hacen parte del comportamiento”, aclaró Romero.

La Historia de una efemérides
El 15 de enero de 1932, en la sede del antiguo colegio Vargas (Caracas), se fundó la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria, que cuatro años más tarde se convirtió en la Federación Venezolana de Maestros.

El presidente Isaías Medina decretó el 13 de enero de 1945 la celebración del Día del Maestro el 15 de enero de cada año, como un homenaje permanente a los educadores criollos. Esta celebración se trasladó en 1952 al 29 de noviembre, natalicio de Andrés Bello, por su condición de maestro de El Libertador. A partir de 1959 volvió a la fecha fijada por Medina.

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