Arena, sol y sal… y algo más

DESDE LECHERÍA.- Se acabó la pachanga, pero quedaron las consecuencias, porque llámese Carnaval o carnestolendas, es una fiesta relacionada con la carne, y no de cochino precisamente, sino con la humana, en especial la de esos pimpollitos, bombones o caramelotes, redonditos, lisitos y rebosantes de salud, que van a las playas para exhibirse, tendidos en la arena de cuerpo entero, recibiendo sol tropical y aire fresco del Mar Caribe, más que todo para atraer la mirada de aventureros y carnívoros hambrientos, que con la mirada caída merodean por allí y no se cansan de mirar. Y mientras los ponen a sufrir, suspirar y a tragar saliva, ellas se ríen dan vueltas y se acomodan para resaltar sus divinas curvas y cuerpos de ensueño.

Pero ellas no van a la playa sólo para que las vean, buscan otra cosa, van a ver qué ven, porque hay mucho macho criollo, de buena pinta, atléticos y patas peludas, en busca de compañía, de distracción y atracción, a quienes se les puede devolver una “picada de ojo”, o aceptarles una seña para darse un chapuzón bochinchero; o si son manganzones, tímidos y medio gafos, los pueden convencer tirándoles un puñito de arena por las nalgas: son los flechazos de Cupido, que siempre llegan y rebotan. Después, en el agua y al vaivén de las olas, en medio del barullo playero, se tirarán puñitos de agua por la cara; él le dará clases de natación, boca arriba o de medio lado, y le pasará las manos por la cintura y las caderas y las piernas…y por ahí se deja ir. Puede que sí, puede que no, todo es posible, y como dice el dicho: más pierde el venado que el que lo tira.

Pero ese encuentro, casual y fortuito, no termina ahí, le falta algo más: un segundo capítulo, como en las novelas, y es lo que se puede hacer en la noche en las comparsas de las carrozas, sobre el asfalto poroso, al son de la música juvenil y escandalosa, bailando voluptuosamente, zarandeándose a más no poder, lo que también podría hacerse con el baile de las máscaras en un lujoso salón o una destellante discoteca; pero con el rostro tapado, enmascarado, muchas veces para insinuar lo que a uno le gustaría ser: príncipe o princesa, una negrita o un payaso, perro o gato.

Pero con la música y el baile, todo el cuerpo se excita y estremece, se alborota la sensualidad con el bailoteo de las caderas y la cintura, y tanto el hombre como la mujer buscan acercar los cuerpos y es inevitable el contacto de las carnes, y con el abrazo y el apretón puede surgir el besuqueo. Es algo irresistible, inevitable y muy natural… Pero es ahí, es ese momento, cuando el amor muestra su otra cara: la del engaño y el placer, pues la excitación no siempre es amor, como tampoco ésta anda todo el tiempo detrás de una complacencia sexual. El amor sólo se expresa dejando que el corazón hable; lo que pueda venir después es sólo satisfacción del deseo. Y así concluye todo aquel romanticismo que comenzó en la playa, con arena, sol y sal, que siguió en la ciudad con la algarabía musical y los bailes enmascarados, para situarnos en una triste realidad, pues todo se volvió cenizas… Cenizas nada más, que es lo que sigue después del carnaval, que desde tiempos remotos ha sido la fiesta de la carne y del placer.

FÉLIX ARANA

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: